Marte no es rojo. Es de un color acre, oscuro y desolado. Pero en mi imaginación siempre será rojo. Cuando a finales del siglo XX las misiones espaciales lograron fotografiarlo con nitidez, comencé a imaginar que en unos cuantos años podríamos instalarnos allí un grupo de visionarios. Gente perdida, llena de contradicciones y con tantas ganas de dejar atrás la Tierra como de iniciar una nueva vida en Marte. De niña soñaba con una existencia bajo cúpulas, pero la aparición de restos de agua me hizo soñar con una realidad al aire libre, aunque con máscaras psicodélicas para desplazarnos en el exterior.
La sonda Phoenix ha recorrido 679 millones de kilómetros. Acaba de posarse en el polo norte del planeta rojo. Ahora empezará a recoger muestras de hielo, buscando restos orgánicos. Persiguiendo restos de vida, sea del tipo que sea. Porque siempre he pensado que buscamos existencias similares a la nuestra, y puede que en la galaxia la vida haya brotado de mil formas distintas.
Quizá en pocos años, como sueño desde niña, podamos vivir en Marte. Quizá tardemos menos, una vez allí, en destrozar un planeta nuevo. Pero me gusta pensar que quizá en otro mundo el ser humano sería capaz de empezar de cero.









