marciana


Marte no es rojo. Es de un color acre, oscuro y desolado. Pero en mi imaginación siempre será rojo. Cuando a finales del siglo XX las misiones espaciales lograron fotografiarlo con nitidez, comencé a imaginar que en unos cuantos años podríamos instalarnos allí un grupo de visionarios. Gente perdida, llena de contradicciones y con tantas ganas de dejar atrás la Tierra como de iniciar una nueva vida en Marte. De niña soñaba con una existencia bajo cúpulas, pero la aparición de restos de agua me hizo soñar con una realidad al aire libre, aunque con máscaras psicodélicas para desplazarnos en el exterior.

La sonda Phoenix ha recorrido 679 millones de kilómetros. Acaba de posarse en el polo norte del planeta rojo. Ahora empezará a recoger muestras de hielo, buscando restos orgánicos. Persiguiendo restos de vida, sea del tipo que sea. Porque siempre he pensado que buscamos existencias similares a la nuestra, y puede que en la galaxia la vida haya brotado de mil formas distintas.

Quizá en pocos años, como sueño desde niña, podamos vivir en Marte. Quizá tardemos menos, una vez allí, en destrozar un planeta nuevo. Pero me gusta pensar que quizá en otro mundo el ser humano sería capaz de empezar de cero.

quiero ser galleta

video

Mi amiga Ekilore me ha inspirado esta tarde con un hermoso vídeo al que quiero corresponder con otro no menos sugerente. El título que le he puesto, quiero ser galleta, será seguramente compartido por las y los que disfruten, como yo, de la belleza masculina en estado esplendoroso. Me voy todo el finde de juerga. Seguro que, con estas imágenes, no me echáis mucho de menos.


gustar, querer

No me gustan los memes. Pero Blasfuemia ha propuesto uno que me gusta. Lo que no me importa hacer y lo que me gusta hacer.

Seis de cada.

Allá van...


LO QUE NO ME IMPORTA HACER

  • Quedarme dormida leyendo.
  • Levantarme sin recordar todos los detalles de la noche anterior, para bucear en la memoria lentamente.
  • Leer novelas malas en los aviones.
  • Adelantar en la piscina a los marcapaquetes.
  • Conocer gente de la que no necesito saber demasiado.
  • Fumar un cigarro, de noche, cuando todo duerme, en la terraza, descalza.

LO QUE ME GUSTA HACER

  • Bailar canciones de Rafaella Carrá como loca.
  • Quedarme hasta las tantas viendo series americanas en internet.
  • Viajar con una mochila.
  • Encontrarme con una mirada en una gasolinera e imaginar qué hubiese pasado si yo no hubiese arrancado el coche tan rápido.
  • Leer en la playa, durante horas, bajo el sol.
  • Conducir cada noche volviendo a casa por la carretera de la costa, pegada al mar.

famosos de alquiler


No todos los famosos temen a la prensa rosa como Telma Ortiz. Me entero leyendo El País de que muchos se alquilan para fiestas. Las tarifas oscilan entre 3.000 y 180.000 euros. Isabel Presyler sale por una cifra astronómica, pero otras, como Carmen Martínez Bordiu, se dejan ver por 52.000 euros. Tener al guapísimo Cayetano Rivera (en la foto, de El País) en mi cumpleaños (es en junio, si os animáis a hacer una colecta...) está lejos de mi poder adquisitivo: ronda los 100.000. Una pena. Como este circo de famosos que luego se escandaliza cuando su vida privada se destripa sin piedad.


nuevos adolescentes

Ayer conocí a un tipo de unos 30 años que me explicaba que, aun teniendo su casa, sigue viviendo con sus padres. En Galicia hay 319.715 menores de 30 como él. Yo dejé de vivir con mis padres a los 18, cuando me fui a Madrid a estudiar, y desde entonces hasta ahora, salvo pequeños periodos, siempre he sido independiente. Cuando yo tenía veinte años, vivir sola era prioritario. Nos daba igual compartir piso, comer pasta cinco días a la semana y no tener playstation. Vivir con tus padres era chungo. Ahora, con la excusa de los bajos sueldos, la gente decide quedarse en casa. Todos parecen tener claro que es necesario ahorrar para comprar un piso, y sólo después independizarte. No quiero ser reduccionista, seguro que hay mucha gente que no vive sola porque no puede. Pero me pregunto si es normal que uno comparta casa con sus padres hasta pasada la treintena.

abracadabra

Si fuese posible cambiar una pizca de toda la mierda que veo a diario, sólo una, quizá escogería hoy ser egoísta. Cambiarme a mí. A veces me gustaría ser de esas personas que caminan por la calle con la seguridad de que la felicidad está a la vuelta de la esquina, encerrada en la caña que van a beber con sus amigos. Seguramente su universo no se altera al entrar en agujeros negros en los que miles de personas mueren en un terremoto por ser unos parias; ni en otros en que unos capullos matan gente a sangre fría para exigir unos derechos que ya ni siquiera recuerdan. No creo que les quite el sueño pensar en los que viven en la franja de Gaza, en estado de sitio. Sin luz. Sin futuro. Seguro que hay quienes no sienten ganas de llorar cada vez que se enteran de que alguien, en un lugar de España, ha maltratado a un perro. Los veo a menudo. Nacen, crecen, se reproducen y mueren. Su núcleo duro es su universo entero. Lástima que no todos podamos resetearnos la mente hasta tal punto. Porque, en realidad, tener conciencia no sirve para cambiar el mundo. Sólo para darte cuenta de que en el fondo no eres mejor que ellos. Sólo más culpable.

batiburrillo

1. Dos mujeres se besan apasionadamente en un coche. Una está en el asiento del conductor. La otra, sobre ella. Tiene el pelo teñido de rubio rabioso. Quizá por eso besa con tanta fuerza. A mi lado, un taxista a duras penas se salva de meterse una leche por contemplar con tanto interés la escena. Seguro que a su mujer le dirá al llegar a casa "menuda vergüenza, las cosas que se ven hoy en día". Pero mientras el semáforo está en rojo no deja de mirar ni un instante. Yo le miro a él, en vez de a ellas. Él sí que me parece vergonzoso.


2. Mi ciudad es un caos de tráfico y adefesios urbanísticos. Pero nuestro alcalde, SuperCaballero, vive en una realidad paralela. Ha invitado a Moneo a visitarnos a ver si se quiere hacer cargo de la reforma de la Praza do Rei, en la que se ubica el mamotreto que es el Concello (en la foto, de Javier Albertos). Un edificio que es imposible no ver desde cualquier rincón de Vigo. Yo le recomendaría a Moneo, si acepta el encargo, que lo dinamite.

3. En el suplemento dominical de El País venía este fin de semana un reportaje sobre la vida de dos mujeres maltratadas. Es imposible leerlo sin sentir un vuelco en el corazón. Pero la vida de ellas y de otras mujeres como ellas no es mejor con la ley específica contra la violencia de género.

4. Myanmar y China han conseguido hueco en los periódicos. Para eso han tenido que morir miles de personas.

La princesa está triste

Telma Ortiz no quiere ser princesa. La hermana de Letizia, la ex periodista casada con Felipe de Borbón (disculpad que me salte los cargos oficiales, cosas de ser republicana), ha denunciado a unos 50 medios de comunicación españoles por atentar contra su intimidad. Hoy empezó el juicio en Toledo. Y yo, qué queréis que os diga, me alegraré si Telma gana. Porque me importa una mierda su vida privada, como me importa una mierda la vida privada de casi toda la gente que hemos convertido entre todos en famosos en este país de gilipollas. Porque me parece que pagar por una información, entrevista o, lo que es ya una constante, por un rumor, atenta contra los pilares fundamentales del periodismo. Hace años que esa fina línea entre la ética y el espectáculo se rebasó. Fue Julián Lago, dicen las malas lenguas, el primero en pagar por una exclusiva. En el imaginario colectivo, a pie de calle, información y precio se han convertido en sinónimos. Hace unas semanas, un delincuente habitual al que entrevistamos en mi periódico me preguntó cuánto íbamos a pagarle. Le expliqué que la información no se paga. Pero luego sentí vergüenza por haberle mentido. Porque las grandes empresas la pagan. Sólo que poniendo publicidad.

placer

Cada tarde, antes de subir a trabajar, me siento en un banco, bajo el sol, y observo a la gente que pasa mientras me fumo un cigarro. Es una calle peatonal. Hay quienes la recorren cargados de bolsas, con la visa ardiendo. Otros caminan abandonados, morosos, como si el tiempo estuviese detenido para ellos. Pasan cada tarde dos o tres yonquis, van de prisa, como si tuviesen rumbo fijo. Los ancianos, que pasean, los miran con desconfianza. Todos los días recoge la basura la misma mujer, que no detiene su mirada en nada. Hay un tipo que vende artilugios para críos. Siempre está solo. Cuando tengo suerte, el músico callejero interpreta a Vivaldi en un violín desafinado. Cuando no, escucho el hilo musical de esta calle de compras. Hacía mucho tiempo que no miraba la calle. Concretamente, dos años y cinco meses. Los que llevaba sin fumar.

fuego en el cuerpo



Llevo una semana devorando compulsivamente The L Word y Queer as folk. Por si alguien lo ignora, la primera es una serie de lesbianas y la segunda de gays. Me enganché a Queer as folk hace tiempo, cuando la ponía Cuatro. El motivo fue él. Brian Kinney. El revolcable absoluto. La semana pasada, aprovechando mi recién estrenada ADSL, me puse con The L Word. Y descubrí a Shane.




He descubierto también que no soy la única hetero a la que le gusta. Lo curioso del caso es que ambos personajes son muy parecidos. Al menos en sus relaciones: ninguno es capaz de enamorarse. Me pregunto si por eso me enganchan.

el crepúsculo de los dioses


En Vigo quienes son alguien tienen un coche de más de 200 caballos. Recorren el centro a más de 100 kilómetros por hora. Pitan más de 500 veces al día. Aceleran cuando pones el intermitente para impedirte cambiar de carril. Y, por supuesto, para insultarte te llaman zorra. No sé en cuántas ciudades se vive igual la carretera. Pero estoy segura de que hay muy pocas en que haya más cenutrios que conductores recorriendo la calle.

Makelele, en la veintena, es hijo predilecto de esta tribu del asfalto. Con cochazo y muy pocas luces, en enero mató a un matrimonio tras picarse con otro conductor en pleno centro de Vigo. Fue a prisión, pero el juez decretó libertad con cargos hace unos días, ante el estupor general.

Ayer, de madrugada, este prodigio de virtudes conducía borracho una motocicleta y la policía lo detuvo. La juez lo ha enviado a prisión otra vez. Intento entender cómo alguien que ha matado a dos personas está en la calle. Cómo puede volver a conducir borracho. Y, sobre todo, me pregunto si alguna vez se ha arrepentido de lo que hizo. Mucho me temo que no.

Animalario



Acabo de ver en televisión a los aficionados del Barça increpando con rudeza a sus jugadores, que, ya eliminados de la Champions League, han cerrado otro año sin títulos. Esto, para algunos energúmenos, significa levantarse un festivo, coger el coche, desplazarse al campo donde entrena el equipo y empezar a insultar a los jugadores. Es decir, implica premeditación. Aparte de que se me ocurren mil cosas mejores que hacer hoy, 1 de mayo, incluido convivir con mi resaca, me pregunto qué tipo de persona dedica sus horas libres a insultar a una pandilla de jugadores que, pese a quien pese, juegan por dinero. Y este, en realidad, es el gran problema del fútbol actual. Que la pasión de la afición no tiene traducción en quienes visten la camiseta. Por eso me parece tan absurda la actividad de dedicar horas libres a insultar a los jugadores. Les importa lo mismo que no ganar títulos. Sus cuentas corrientes no se resienten.


Lectores y lecturas

Trabajo en un periódico. Hoy han salido los datos del Estudio General de Medios. El temido EGM. Ese que los publicitarios esgrimen ante los clientes para decir "somos los más leídos de España, anúnciate aquí". Mientras repasaba los datos que cada diario, que cada radio contaba a su audiencia ("somos los que más crecemos", "somos el diario de actualidad más leído", "hemos batido récords históricos"...) no podía dejar de recordar la noche electoral. Cuando todos los políticos salen a decir que han ganado. Hoy hemos ganado todos, también. Menos nuestros lectores. Porque esta batalla de audiencias, tiradas y cifras está asesinando al periodismo. Contamos números, en vez de personas. En las redacciones no existe el tiempo, sólo el producto final. Estamos permitiendo que los periódicos se llenen de noticias de segunda, porque es más fácil ganar lectores, en vez de llenarlos de noticias de primera, para asegurarnos de crear lectores. Nos estamos olvidando de ser periodistas. Quizá es que el periodismo ha cambiado vertiginosamente y yo me he quedado atrás, mirando a los ojos de los lectores.

El último vuelo de Carlos Cristos


Es inevitable. La historia de Carlos Cristos se parece por momentos demasiado a la del también gallego Ramón Sampedro. Pero el paralelismo apenas se sostiene en un par de datos: la invalidez, la dificultad del día a día. Después, la historia de ambos se separa de modo estridente. Ramón Sampedro escogió morir. Carlos Cristos apuraba la vida con unas ganas que sorprendían. Pero, al final, la vida le sorprendió a él poniendo un punto final.

Hace casi ocho años, Carmen Font, médico, comenzó a tener dificultades para entender a su marido cuando le hablaba. Se hizo una revisión, pero todo estaba bien. Era Carlos Cristos, su pareja, quien no lo estaba. Comenzaba a manifestarse la atrofia sistémica múltiple, una enfermedad degenerativa, sin cura, y mortal.
Y Carlos, lejos de arredrarse, le plantó cara. Su ejemplo se grabó, editó y montó hasta convertirlo en el documental Las alas de la vida.

El sábado, una enfermedad de la que sólo hay diagnosticados unos 800 casos en todo el mundo se llevó a Carlos. Su muerte, como su vida, pasó desapercibida para la mayoría. Pero yo tuve la suerte hace meses de hablar con su mujer. De conocer una historia de esas que se te meten dentro y no te sueltan. Por eso no puedo dejar que la vida y la muerte de Carlos pasen desapercibidas. Seguramente Carlos esté ahora mismo volando. Volemos todos un poco con él, porque a pesar de no poder moverse apenas, tenía más alas que muchos de nosotros.


Hacia las estrellas a pesar de las dificultades

En todo caso, hacia las estrellas a pesar de las dificultades no es más que una frase. Pero detrás, oculta, escondida, está toda la fuerza que he podido reunir, que no es poca. Porque, más que una mujer desesperada, creo que soy una mujer fuerte.